A favor del seguro obligatorio para bicis en España

Este ciclista urbano que escribe sabe que va a levantar ampollas y recoger tempestades. No me importa. Mi pensamiento es libre y consensuado conmigo mismo y con el mecanismo de mi bicicleta urbana. El que quiera ver que, defendiendo mi postura, defiendo a la DGT, ve visiones. Y con “gafas de ver visiones”, que es mucho peor y no protegen del sol. Al grano.

El globo sonda de los últimos tiempos acerca de la obligatoriedad de un seguro de responsabilidad civil para ciclistas, y otras lindezas, ha quedado en nada. Sin embargo, ha abierto un debate que tiene mucho de pico y poco de pala. Es el de siempre: el pensar que todo tipo de medidas que se toman, por parte de quién sea, no pretende otra cosa que desincentivar el uso de la bicicleta. Ahí está la  “trampa madre”: ¿De qué tipo de bicicleta? ¿De la de carretera, de la de montaña, de la urbana? No es lo mismo, queridos, montar un percherón que un pura sangre.

La Edad del Manzano

El que suscribe, a riesgo de sufrir una pájara en las próximas líneas, es un urbano de antes de la ominosa Edad del Manzano: Palabras mayores. Vamos, de cuando los carriles-bici segregados, esos engendros políticamente correctos, no iban, como ahora, a ninguna parte. Mientras yo me fajaba en la jungla del asfalto madrileño para ir a la universidad, primero, y a los diferentes trabajos, después, había muchos ciclistas “de carretera” que ya se jugaban la vida por esos caminos de Dios pero que, de zona urbana, ni repajolera idea. Con el consumismo, llegaron beteteros a mansalva y las autoridades los recondujeron a esos carrilillos alegando, -¡Oh, que considerados!- , que era “peligroso” para su integridad. En realidad, todos los ciclistas de España estorbábamos a los votantes con coche y a la industria del coche, que, como todo el mundo sabe, adora a los votantes. Yo, ni fu ni fa. Pedaleaba por la misma calzada por dónde iba el rey león y sacaba los dientes cual hiena: Para defenderme de los cochistas, nada personal. Ahora, por suerte, ya no hace falta tanto diente y se tira más de pico. Me hago más mayor, más razonable y, supongo, que el respeto que pidió Botella para los ciclistas madrileños ha dado sus primeros brotes verdes.

Las familias tradicionales

Durante todos estos años de cruel e irreparable destierro de las calzadas se formaron las “familias” y las correspondientes asociaciones que dicen pinchar y cortar en las grandes mesas donde se cocinan las normas. Sin embargo, estos “representantes” se arrogan la representación de TODOS los ciclistas, al margen de las necesidades que tengan cada uno de ellos. Las diferentes vías por las que transitamos los ciclistas definen nuestro tipo de vehículo y nuestra personalidad, y en esas mesas no comemos todos. Sin embargo, justo es decirlo, ha habido digestiones positivas.

Hay una numerosísima “familia de carretera” que ha promovido medidas que le han favorecido a ellos y, de paso, a las demás familias. Gracias, les doy. La de “ocio” o “montaña”, un caramelito fashion para los emprendedores de lo que sea, tiene su peso considerable y también hay que darles las gracias. ¡Muaca! Sin embargo, los “urbanos”, que representamos la integración del ciclista en la calzada como un medio de transporte urbano y sostenible más, estamos huérfanos o a medio camino entre dos familias. Es el sino del “urbano”: Ir solo. Porque nadie va al trabajo en pelotón o a la universidad con los colegas para luego tomar unas cañitas. Nuestro fin es desplazarnos, no hacer deporte. En el desplazamiento diario saludable encontramos el sentido de pedalear. Y en la intermodalidad, un aliado. Para los no urbanos, seguramente estoy escribiendo en chino y necesitarán utilizar el comodín de la web especializada. Vayan, pues, y aprendan la diferencia entre llegar sudando o presentable a casa de la abuela, que siempre se fija en esos pequeños detalles.

Un ciclista de carretera se hace cienes de kilómetros en cada salida y se vanagloria de ello, y de los tiempos-record. Hasta que llega a “su” territorio, la carretera, no tiene más remedio que atravesar esas molestas zonas urbanas que siempre les pone la Organización. La experiencia de todos estos años de ojos atentos me demuestra que este tipo de ciclista se pasa por el forro del culotte las normas de circulación, incluso en grupetto. Sin embargo, cuando tocan “pista”, exigen de los conductores el cumplimiento estricto de la normas: El salvador metro y medio, por ejemplo. Es natural, son la parte más débil y se juegan la vida. En esta tesitura: ¿En qué casco aerodinámico cabe que este tipo de ciclista esté pensando en la responsabilidad civil que pueda tener si, su prioridad, pobre, es que no le aplasten? A ellos, y a sus asociaciones, tres narices le importa la RC y ven en ello la socorrida excusa: La desincentivación. Lo que desincentiva de la condición humana, colegas, es circular cientos de metros en sentido contrario por un túnel de Fuencarral para tomar el carril de Colmenar. ¿Se nos han olvidado ya, estúpidos, los toreros muertos que saltaron a esa plaza como simples maletillas?

El ciclista “de ocio” o “de montaña” circula por las calzadas urbanas el tiempo imprescindible y necesario hasta llegar a su Anillo, su parquecito o su camino rural; Hasta Segovia y con dos cojones si se planifica bien la rutita. Ese es su terreno, segregadito del coche. “La ciudad no es para mi”, que diría P.M.Soria. Lo que viene antes es, simplemente, un calentamiento. Un trámite en el que, una vez más, incumple todas las nomas habidas y por haber porque lo que le importa es llegar a “su” parcelita. Este tipo de ciclista, tan respetable como el que yo represento, se defiende de sí mismo. Hace quedadas, le preocupa ir protegido, maqueao, con litros y litros de agua a sus espaldas, pero tres narices le importa que cuando circule por las aceras atemorice a los peatones. Forma parte de la “aventura” del pedalear por pedalear, que es el vivir.

El ciclista urbano

El ciclista urbano cuando sale por la puerta de su casa, ya está en “su” casa. Así de simple. Pertenece a una familia desarraigada cuyos miembros no se conocen o se llevan regular porque sólo van juntos honoris causa: Léase Bicicrítica, Bicicívica, Moratacleta…y tal. Nunca van a inútiles “fiestas de la bicicleta por un día”, en domingo, y con el tráfico cortado. Cuando no reivindican, te los cruzas por Atocha y van por libre, pensando el duro día de trabajo que han tenido o en el examen de mañana. Los que llevamos muchos años de calle hemos aprendido que la observancia de las normas, y poder cambiarlas, es la única manera segura de formar parte de la movilidad urbana de las ciudades del futuro, que son la integración segura del ciclista en la calzada. Porque somos un vehículo más, no corredores de rally o de fórmula uno, que es lo que aspiran a ser muchos de los otros. Los novatos que se incorporan ahora, a borbotones y con la bici pública BiciMAD y similares, tendrán que aprender, poco a poco, a formar parte de la jungla. Pero aprenderán, con serenidad y paciencia. De la misma manera que lo hicieron los de carretera a costa de sus vidas o de las de sus queridos compañeros. El miedo a la calzada, patrocinado por el Coche, paraliza y acaba convirtiéndote en carne de segregación, que rima con involución. En Europa, ya lo saben.

Manifiesto

Madrid y el resto de de España no tienen la cultura ciclista de Holanda, de la que acabo de venir con los ojos como platos. Allí, los ciclistas urbanos son muchísimos más, y por eso mandan. Aquí, el mundo ciclista urbano está en construcción, en un proceso de evolución hacia no se sabe dónde y en un contratoquisque. El ciclista urbano madrileño, ese quijote, se la está jugando: Encrucijada histórica, habemus. Sabe muy bien la responsabilidad, ejemplar, que tiene al compartir las vías públicas con otros vehículos y con los peatones y sabe, perfectamente, que su bicicleta, eléctrica y pesada en los próximos años, puede causar una serie de daños a terceros que, ni por asomo, contemplan las otras familias. Estamos en la Edad de Piedra y debemos dar el paso a la de los metales.

Por tanto, en cuanto a ciclista urbano madrileño, sin familia que me acoja y acogido por todas, en franca inferioridad numérica y normativa frente al coche, sostengo: Que estoy a favor del seguro obligatorio para circular por las zonas urbanas y, por extensión, creo que todos los ciclistas que las utilizan “en tránsito” deberían estar obligados a tenerlo. Y todo ello hasta que los ciclistas urbanos españoles seamos la inmensa mayoría y las normas se realicen en función de las bicicletas, no de los coches. Por contradictorio que parezca, ese idílico “mundo al revés”, reduciría los conflictos con los peatones y permitiría escenas tan habituales como la de nuestra sonriente madre ciclista en las calles de Amsterdam, o Delft, o Rotterdam o La Haya. Allí no hace falta RC.

PD: Las comparaciones, cuanto menos tendenciosas, mejor.

(El cheque de la DGT, por favor a nombre de @deteibols)

 

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