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Con este post quiero rendir homenaje a mi primera bicicleta. No me refiero a la BH con la que, siendo niño, me estampé contra un seto en cuanto mi padre me quitó los ruedines e hizo el famoso “truco” de hacer que me iba sujetando hasta que me di cuenta y tuve dicho accidente. Me refiero a mi primera bicicleta urbana, con la que empecé a moverme por Madrid de una manera diferente.

Por aquel entonces yo vivía cerca de Plaza de Castilla y trabajaba en la Plaza de Gregorio Marañón. Un buen día me di cuenta de que no hacía suficiente ejercicio. Pasaba muchas horas sentado en el trabajo y en casa y luego en el coche, y no hacía nada más que ganar peso. Además, coger cada mañana el 27 me mataba. Larguísimas colas en la primera parada y en el recorrido el autobús paraba en absolutamente todas las paradas. También probé con el metro, en definitiva eran apenas cuatro paradas y sin transbordos, y durante un tiempo el metro parecía la mejor opción. Pero si contaba el tiempo que tardaba en bajar y subir del andén, al final tardaba lo mismo o más que en autobús. Y yo soy de esos que prefieren ir viendo la calle, la luz del sol (o si está nublado, incluso la lluvia) en vez de transportarme bajo tierra.

Así pues, consulté en internet la distancia de mi casa a la oficina, vi que eran 6,2 km, además cuesta abajo, y me plantee comprar una bicicleta. Por una cuestión de espacio, en el apartamento en el que vivía entonces, sin trastero, no podía comprar una bicicleta de montaña (es recurrente el pensar que el paradigma de bicicleta útil es la de montaña), así que opté por consultar todo el catálogo de bicicletas plegables. Después de volverme loco por internet con las especificaciones de peso, cassette, diámetro de ruedas, consultar foros en los que hablaban bien de unas u otras, decidí que lo mejor era comprar a la vieja usanza. Es decir, cogí el coche y me planté en El Corte Inglés, en su sección de deportes para enamorarme de una bicicleta. Era la primera bici que me compraba y además mi futuro medio de transporte y quería hacer una buena elección. A día de hoy podría comprarla a través de internet sin problema o acudiría a una tienda especializada pero por aquel entonces no se me ocurrió mejor opción.

Tal y como me imaginaba fue amor a primera vista. Pequeña y esbelta desplegada, de color rojo (los psicólogos relacionan este color con la velocidad) una Monty F19 tenía sus 6 velocidades, cambio SHIMANO integrado en el puño, transportín y se plegaba en apenas tres movimientos. Era perfecta, tan sólo tenía que encontrarle un hueco en casa (pasaría a estar casi en la mitad del salón) y aventurarme a recorrer los 6,2 km que había entre mi casa y el trabajo. Además, si me ponía en forma, podría vacilar a un compañero que siempre hablaba de los beneficios de las bicicletas estáticas, que según el ofrecían el mismo ejercicio que montar en una bicicleta convencional.

Recuerdo las primeras semanas como si fuera ayer. Descubrí que me ahorraba casi 15 minutos en el camino de ida… Pero a cambio tardaba un poco más en la vuelta donde veía con envidia como otros ciclistas me pasaban sin apenas esfuerzo montados en sus MTB. También empecé a notar que llegaba mucho más animado a la oficina. El ejercicio suave y mantener la concentración me hacían llegar mucho más despierto que el sopor que me entraba cuando iba en autobús, o la mala leche por esperar tanto tiempo a que saliera el autobús. Mi primer día de lluvia (era lo que más temía) me hizo consultar en internet cómo podía minimizar el efecto de esta y me hizo descubrir que hay todo un mundo de accesorios y ropa preparada. Cuando empezó a apretar un poco el calor me di cuenta de que tenía que empezar a llevar ropa de repuesto y toallitas para secarme. Entonces al ritual de candar la bici se sumó el de subir directamente al servicio de la oficina y cambiarme.

Pero no todo fueron buenas prácticas ni un camino de rosas. Tenía miedo de circular por la calzada con la bicicleta plegable. Mi impresión era que no iba a la suficiente velocidad como para integrarme en el tráfico, y mi mentalidad de entonces, más cochecentrista, me hacía pensar que iba a ser un estorbo, por eso mi ruta era una mezcla de acera, pasos de peatones y el bulevar de Castellana. Sin embargo, en un tramo en el que la acera era muy estrecha, recorría unos 20 metros en prohibida. Y en curva. Con dos cojones. Para no molestar a los peatones. A día de hoy ni me lo planteo. De hecho en ese tramo sufrí mi primer incidente con un taxista. Según me vio, cruzó dos carriles para, con la ventanilla bajada, gritarme “¡Hijo de puta!”. Me sentí fatal, en parte porque sabía que hacía mal, así que empecé a hacer ese tramo por la acera muy muy despacio y aguantando las malas caras de los peatones.

El usar la acera también me provocó otros incidentes, como el día que en Castellana a la altura de Nuevos Ministerios pero en la acera contraria, un señor de cierta edad, trajeado y con gabardina, se dispuso a frenarme como si fuera un portero de fútbol. Frené yo, por supuesto, y este señor me recriminó que no podía ir por la acera. Yo no lo entendía muy bien, si una bicicleta puede ir por un parque… ¿Por qué no voy a poder circular por la acera? ¿Y si además se circula con cuidado? Además veo un montón de bicicletas por la acera. Automáticamente pensé que este caballero tenía manía a los ciclistas. Otro día entendí por qué una bicicleta no puede circular por la acera. El ir a trabajar en bici me llevó a usar la bici para más cosas: recados, compra, visitas a amigos (cada vez más lejos), mi partida semanal de dardos… Entonces un día de esos, en una cuesta abajo, por la acera, al llegar a una esquina me apareció un peatón. Casi le atropello. Del susto que me llevé (y eso que el señor no me dijo nada) decidí circular en la medida de lo posible por la calzada.

Y como última anécdota curiosa la de otro señor que me persiguió hasta un paso de cebra para decirme que había pasado muy cerca suyo (si, entonces todavía circulaba por la acera, yo le vi y estaba en el borde de una acera ancha esperando aparentemente para coger un taxi). Le contesté que no, y su respuesta fue que si le hubiera dado un mareo y se hubiera movido hacia atrás le podría haber atropellado… Y continuó diciendo que la culpa era de Gallardón, por permitir que las bicicletas circulen por la acera y que eso en Barcelona no pasaba. Le tuve que dejar con la palabra en la boca y marcharme diciéndole “disculpe caballero si se ha sentido en peligro, no era mi intención”.

Otra cosa que hice al empezar a montar en bicicleta consistía en averiguar si económicamente compensaba. Como el fin de semana hacía uso del coche, yo no tenía abono transporte. Por aquel entonces era mensual y costaba unos 50€, mientras que yo usaba el transporte público 10 veces por semana. Es decir, un metrobús. Que, si no recuerdo mal, en aquella época costaba 9 euros. Vamos, que no compensaba. Así que me hice un cuaderno donde apuntaba cada semana de uso de la bicicleta y restaba 9 euros del coste total de la bici. Pero también empecé a contar como un billete sencillo cada vez que cogía la bicicleta en cada uno de los recados. En total, y llevando las cuentas de esta manera, amorticé la bici en algo menos de 5 meses.

¿Y mi forma física? La realidad es que tampoco noté grandes cambios. Siempre he sido de comer mucho y bien. Vamos, que me gusta comer. Sorprendentemente las primeras semanas a pesar de que iba forzado y sudando gané peso. Otro compañero del trabajo, muy aficionado al fitness y al gimnasio me dijo que estaba ganando músculo en las piernas y que eso me había hecho ganar algo de peso, que tendría que hacer un ejercicio más continuado a más pulsaciones. Y en el fondo me daba igual porque yo me sentía mejor, más en forma que antes.

Y esta es la historia de cómo empecé a moverme en bici por Madrid. Espero que sirva como ejemplo a otros. No hace falta volverse loco, no es una experiencia peligrosa, a mi me sirvió para todo lo que vino después (y eso da para otro artículo), a pesar de que tuve un lapso de tiempo en el que tuve que aparcar mi bici porque me mudé a otro barrio más alejado de Madrid.

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