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Si, habéis leído bien… Esta crónica no es de un ciclista urbano, es de un peatón urbano. Y es que este pasado domino día 13 acudí a la zona de Cibeles para disfrutar del final de etapa, y de la competición, de La Vuelta a España 2015. Y no acudí en bici porque las circunstancias (y mis otros tres acompañantes) así lo requirieron.

La última vez que vino La Vuelta a Madrid, hace dos años, acudí a La Ser a hablar sobre ciclismo urbano y aquel día si que pude disfrutar de una Gran Vía sin coches y de un par de vueltas al circuito urbano, hasta que la organización lo cerró para que se celebrara la competición. Algo que este año pude comprobar como peatón.

Como la carrera no llegaba hasta pasadas las 19:00 (según el horario oficial, que en estos casos se equivoca poquito), pero antes había otra competición de féminas, el Madrid Challenge by La Vuelta, por lo que todo el recorrido que formaba una especie de “T” entre Atocha, Colón y Callao con el epicentro, y meta, en Cibeles, quedó cortado a eso de las 15:00 para desesperación de algún que otro conductor (los menos), peatones, en este caso trabajadores en la zona de Alcalá que no sabían como podrían llegar a tiempo a su puesto de trabajo. Con lo mala que está la cosa. Y también, como daño colateral, algún turista que, con las maletas rebosando de las ventanillas del coche no tenían manera de acceder a los hoteles que se encontraban dentro de la zona acordonada para todo el “entourage” de la organización, medios, patrocinadores y equipos. Y es que en este sentido los Agentes de Movilidad y Policía Municipal se muestran inflexibles. Y, creo, hacen bien, porque dada la picaresca si pasa uno se te cuelan 10, y al final estamos hablando de un evento con una gran afluencia de público y unas características logísticas muy, muy complejas.

Pero vamos al grano con la anécdota que nos ocupa. Los que vivimos en el extraradio aprovechamos cualquier desplazamiento al centro para comportarnos como auténticos guiris, así que previa consulta de los blogs más trendy nos dispusimos a buscar un sitio para disfrutar de uno de los famosos brunch que al parecer están tan de moda. Y así hacíamos acopio de energía para tan larga jornada ciclista.

En el barrio de Las Letras pinchamos, y nuestra primera elección resulta que o había cerrado (¡estar de moda no siempre da beneficios!) o estaban de reforma (¡estar de moda puede que funcione!). Así que decidimos dirigirnos a nuestra segunda opción: La Tita Rivera (esto no es un post publicitario, simplemente comimos bien y creo que merece la pena mencionarlo). Entonces, en nuestro camino desde el barrio de Las Letras hacia la zona de Chueca, calle Hortaleza, por la desértica calle de Alcalá a la altura del Metro Sevilla, en la base de BiciMAD que hay justo en la esquina de Alcalá con Virgen de los Peligros, observó a dos guardias hablando, por los gestos, sobre las bicis.

Entonces, el más joven de ellos, según nos acercamos, se dirige a una de las bicis ancladas e intenta sacarla por la fuerza. Me quedó estupefacto y pienso “¿estará probando la seguridad?”. Acto seguido otros dos tirones más fuertes, el compañero tampoco podía salir de su asombro, mientras dice “Mira! A esto le pego yo dos meneos y me la llevo!”. Con un tono de voz, a mi parecer, algo alterado. Entonces se me ocurre que puedo acercarme y ofrecerle sacar la bici con mi tarjeta de BiciMAD (y de paso le pido el número de placa por si hay que reclamar), pero no fue necesario, el compañero, más mayor, con voz autoritaria le dice “OYE! Relájate”. Y fíjate que hasta me relajé yo y me pareció que la situación estaba completamente controlada por el compañero. Luego uno de mis acompañantes me confesó que había cogido el móvil para grabar por si acaso, pero todos coincidimos que con la mala ostia que se gastaba el agente que intentaba sacar la bici, y la buena reacción del compañero, no era necesario. Una mezcla de acojone por la reacción de uno (te aplican la ley mordaza por menos de nada) y de seguridad transmitida por la reacción del otro.

Y ya más tarde vinieron las especulaciones… ¿Qué llevaría a ese joven agente a intentar arrancar una bici y llevársela? ¿Algún requerimiento que no podía atender con el coche patrulla? El coche lo tenían aparcado justo al lado y yo creo que era imposible moverse con el por la zona. ¿Algún problema familiar que tenía que atender de urgencia? Sólo por curiosidad, me gustaría conocer la respuesta. Pero entiendo que es imposible.

Moraleja: Hay quien pensará “que poco respeto del agente”, “que inconsciencia”, “abuso de poder”. Yo me quedo con la otra parte, y es la reacción de otro agente, autoritario, cortando la situación de raíz. Enhorabuena a ese agente y espero que el otro se diera cuenta de que, salvo caso de extrema necesidad, un acto así, no está justificado.

 

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