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En los años setenta, los coches y sus conductores despreciaban a los ciclistas, de tan pocos y tan insignificantes que éramos en Madrid. Cuando empezamos a ser más y a organizarnos, en los ochenta, reaccionaron. Fue entonces cuando se las arreglaron para que los alcaldes de turno nos encontraran acomodo en las aceras-bici, en la Casa de Campo, en la Fiesta de la Bicicleta y en su obra maestra (Manzano + Gallardón), el Anillo. La cosa funcionó a la perfección porque esta continuada segregación convirtió, como si de un encantamiento se tratara, en autosegregados de serie a la inmensa mayoría de los nuevos ciclistas. Este confinamiento provocó, de propina, una rivalidad entre peatones y ciclistas que se radicaliza día a día.

Ha llegado el momento de acabar con este enfrentamiento de una puñetera vez.

Espectativas

Con el gobierno de Ahora Madrid, el objetivo de que la bicicleta se integre en el tráfico urbano puede convertirse en realidad si se controlan algunos devaneos domingueros y las presiones de los carrileros no se salen de madre. La alcaldesa monta en bici y el equipo que la asesora está muy sensibilizado con la insoportable contaminación de la capital. Reducir el impacto del coche, fomentar el transporte público y el uso de la bicicleta como alternativa, entre sus prioridades.

Pero para que este órdago funcione, hace falta una decisión política que nos permita coger,-esta vez, si- la buena ola que nos viene de Europa y a la que deberían subirse la Comunidad y el Consorcio. También, se hace necesaria una buena dosis de vaselina en materia de comunicación, porque la contracomunicación del lobby del coche va a pisar el acelerador del miedo a fondo. Por supuesto, hacemos falta los ciclistas urbanos, tanto la avant-garde, otrora resistencia, como los valerosos noveles. Y, cómo no, hacen, hacemos, falta los ciudadanos peatones.

Pero: ¿Cómo vamos a enfrentar este reto si la guerra fría nos mantiene atrincherados a los peatones frente a los ciclistas urbanos?

El territorio

A lo largo de todos estos años me he preguntado acerca del motivo por el cual muchos peatones rechazan, incluso odian, a los ciclistas urbanos de Madrid. He llegado a la conclusión de que la causa principal es, nada nuevo en el panorama bélico mundial, la defensa del territorio. En la guerra anterior, la que libraron el coche y el peatón, el enemigo fue tan poderoso que apenas hubo resistencia. Tal fue su poder, que nos acostumbraron a una ciudad llena de vías rápidas y semáforos cortos, de minúsculas aceras y de ahumadas plazas, de ruidosas dobles filas y de pertinaces atascos, y nos obligaron a refugiamos en los parques para hablar de nuestras cosas y respirar a fondo. Y en eso, llegó la bici.

Cuando arribaron los ciclistas expulsados de la calzada paulatinamente, usurparon las minúsculas aceras a través de una infraestructura denominada acera-bici y las hicieron, más que peligrosas, conflictivas. Y este conflicto, marcó la relación bici-peatón en los años venideros. A través del Anillo, los ciclistas entraron también en los parques e incomodaron a niños y ancianos, que ya se habían acostumbrado a la puñetera pelota. A la velocidad de las motos, entraron, entramos, en El Engendro (Madrid-Río), y los placenteros paseos dominicales en familia comenzaron a hacerse con retrovisor. Por si fuera poco, esas diabólicas BiciMAD y esos ignorantes cicleatones obligan a muchos vecinos a hacer un ceda el paso cada vez que salen del portal o de una tienda ¡Y todo ello, hay que joderse, a pesar de que tienen, tenemos, la prioridad por ley y por ordenanza! ¿Cómo narices no nos van a odiar si hemos invadido la reserva india a la que los habían, nos habían, confinado?

Acerabicismo

Por desgracia, Madrid no ha sido la excepción. El acerabicismo, la sublimación de la segregación,  es la muestra de una nefasta época de desarrollo insostenible en la que no había alcaldes que tuvieran narices ni convicciones para robarle espacio al coche, pero sí la cobardía de quitárselo al peatón, “por su seguridad”, claro. Esta complacencia ha hecho mucho daño al ciclismo urbano español y ha retrasado la integración de la bicicleta como medio de transporte un par de preciosas décadas en las que bajar de la acera a la calzada era como subir el Everest. Mientras Europa florecía, España, se marchitaba. Ya sabéis,el pertinaz retraso.

Algunas ciudades han optado por ampliar esta obsoleta y antinatural red de carriles -los kilómetros de carril por ciclista cuadrado dan muchos puntos bikefriendly- con otros, más o menos segregados en la calzada, y mejorar su trazado y señalización. Otras, con el mayor descaro, siguen quitando espacio a los peatones y lo venden bajo el concepto de “convivencia” en amplios espacios peatonales, o lo camuflan bajo el nombre genérico de carril-bici para burlar las ordenanzas. La calzada (por dónde pasan los coches) ni pisarla; La palabra “acera”, ni mentarla. Una cosa es que no se atrevan a importunar al coche y otra es que se les revuelvan los peatones, que ahora son mucho más listos y se van al juzgado a las primeras de cambio.

Madrí

En la actualidad, la práctica totalidad de las “vías ciclistas” (¿Qué os parece el eufemismo municipal?) que confluyen al Anillo Verde “Ciclista” (otro) de Madrid y otras muchas que no, son aceritas o acerazas-bici, es decir, que usurpan el espacio peatonal, algunas en zonas muy transitadas. Ni son efectivas como vías de comunicación, ni valen para pasear, ni son seguras porque están salpicadas de obstáculos y cruces, pero, lo peor, es que encabronan a los peatones. La mayoría de los ciclistas urbanos que se transporta, ni las toma. Se hicieron bajo el criterio político-electoral de contentar, de manera contenida, la creciente demanda de los madrileños ciclistas, no bajo el prisma de la movilidad sostenible. Ese concepto era para los anteriores gobiernos municipales ciencia ficción. Y ese género cinematográfico vende muchas entradas, pero da poco votos.

Recordemos algunas de las calles y zonas por las que discurren esta invasoras vías: Hermanos García Noblejas, Serrano, General Ricardos, Marqués de Corbera, O´Donnell, Arcentales, Sanchinarro, …y, además, un buen número de kilómetros del propio Anillo. Aunque hace algún tiempo que los servicios técnicos municipales optaron por pintar ciclocarriles-30 y otros tipos de carriles bici que comparten el espacio de la calzada con el coche (Las Tablas o Montecarmelo) , las aceras-bici, siguen ahí, como dinosaurios, promocionándose incluso a través de la Oficina de la Bici: “Para sacar el mayor rendimiento posible a los desplazamientos por la ciudad”, anuncian. ¿Se puede alardear de este tipo de “vías ciclistas” segregadas, invasoras e inútiles sin sonrojarse? Todos estos kilómetros, al final, ¿suman, o restan?

Reconquista

Si queremos que la cosa de la bicicleta cambie en Madrid, pero de verdad, hay que devolver a los peatones su territorio. Primero, por justicia. Segundo, como ofrenda de paz y como base imprescindible para forjar una nueva estrategia común. Un punto de partida sería despintar, progresivamente, todas y cada una de las aceras-bici de la ciudad e ir diseñando, a la par, las vías alternativas por la calzada. El impacto mediático de esta pintoresca reconquista sería brutal y, estoy seguro, marcaría tendencia en el resto de España. Al mismo tiempo, redoblar nuestros esfuerzos para que la guerrilla de cicleatones invasores de la acera sea derrotada antes de que se convierta en endémica o se carguen a una pobre viejecita (cien años más de maldición). Estoy seguro de que, con este par de estrategias, los peatones y los niños ciclistas convivirían mucho mejor de camino al cole hasta que se produjera una integración efectiva y progresiva en la calzada, cualquiera que sea la infraestructura que se acabe eligiendo para ello.

Porque, esa es otra: ¿Están preparados nuestros gobernantes para este tránsito de la acera a la calzada, para recibir a los ciclistas y a hacerlos protagonistas de la intermodalidad que viene, quien sabe, si por última vez?

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