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En el mes de octubre de 2014 atropellé a un peatón con mi bicicleta cuando venía del trabajo. Cruzó por un lugar indebido y colisionamos en el centro del ciclocarril-30 de la calle Alberto Aguilera, sentido paseo de La Castellana. De resultas del impacto, quedé esparramado y aturdido en la calzada. Mientras, los coches sorteaban mi bici y mi cabeza. Eran las siete de la mañana, lloviznaba, y ningún conductor paró a socorrerme. El atropellado, tampoco lo hizo. Se dio a la fuga, haciendo un Forrest Gump. Le grité para que parara, porque le iba a denunciar, pero Forrest siguió camino del Capitolio…

…En ese momento sentí que, o le alcanzaba para darle el Oscar que se merecía, o iba a engrosar la larga y negra lista de ciclistas urbanos que son ninguneados tras un accidente. De esos que acaban compartiendo su impotencia con los colegas y que terminan por dejar la bicicleta por el miedo al coche y por la impotencia de que no se imparta justicia. Pero, no. Aquel posible delito no iba a quedar impune. Me levanté como pude y salí en su persecución, a lo Pacific Blue. En las próximas líneas os cuento como le atrapé, le denuncié y le llevé a juicio. Acabo de recibir la sentencia.

Respetando los datos personales, comparto mi experiencia, personal y administrativa, para que saquéis vuestras propias conclusiones y os pueda servir de ayuda en casos similares. Me gustaría dejar claro que no se trata de criminalizar a los peatones, en general. El que analice mi artículo en esos términos, yerra de plano. Bastante tienen, tenemos, con desplazarnos por una ciudad hostil que nos conduce a cometer infracciones; Aunque eso, no las justifica, ni tampoco las de los ciclistas. Además, de sobras es conocida mi defensa a ultranza de los espacios peatonales y mi rechazo, visceral, tanto de las aceras-bici como de los cicleatones. En realidad, habría preferido que el ciudadano infractor hubiera conducido un coche, pero, en este caso, iba andando, y yo, en bici. O, mejor, que no hubiera pasado nada.

In itinere

“Señor Juez, yo iba por mi carril y…”. No, mejor lo haré al estilo ciclista urbano madrileño: “Yo iba por el centro de mi ciclocarril y… era un día como otro cualquiera. Volvía  a casa después de una dura noche de trabajo con mi vehículo, una  bicicleta, cuando un peatón se cruzó en mi camino y le atropellé. Su sorpresa fue tan grande como la mía. Es un error muy común ese de cruzar “de oído de motor” y muy peligroso a primera hora de la mañana. El atropellado pensó que, detrás del último coche, no había más vehículos y cruzó la calle corriendo, de derecha a izquierda, atravesando el carril bus-taxi y con la intención de continuar su trayectoria durante cinco carriles más.

El choque fue como un fogonazo. Llevaba camisa blanca y mi luz delantera flasheó su cara. Apenas me dio tiempo a frenar y patiné sobre el asfalto mojado. Mi rueda delantera golpeó fuertemente una de sus piernas, creo que la derecha, y caí sobre el costado izquierdo, golpeando mi cabeza contra el suelo. Aquella mañana, dio la casualidad de que, además de chaleco reflectante, llevaba el casco. La bicicleta, salió despedida hacia delante.

Como todo el mundo sabe, los accidentes que se producen de camino al trabajo, sean en el medio de transporte que sean y por el tiempo necesario, tienen consideración de accidente laboral, lo que, generalmente, ocasiona una pérdida económica menor que una baja laboral común. Alguno de mis compañeros me tocaron los pedales con la “peligrosidad” de venir al trabajo en bici, olvidando que hemos tenido accidentes graves entre compañeros por venir en vehículos a motor. De resultas de la caída, estuve unos cuantos días de baja que se cuantifican económicamente y forman parte de la demanda.

Corre Forrest, corre

Apenas me incorporé, busqué al monigote, que continuaba su carrera como si no hubiera pasado nada. “¡Eh, tú, para, que te voy a denunciar!”, le grité, sin éxito. Los coches pasaban rozándome por la derecha y por la izquierda y, no sé cómo, busqué la bicicleta, monté y salí en su persecución.“Que pares, coño, que voy a llamar a la policía”, repetía una y otra vez, mientras él, zigzagueaba por entre los jardines de la plaza de enfrente. Creo que por entonces ya me caguénsuputamadre, o similar. Estaba nerviosillo.

Cuando le di alcance le arrinconé con la bicicleta contra la pared. “Ahora”, le dije, “te quedas quieto, que voy a llamar a la policía para que te identifique”. Y se lo dije sin tocarle, para que no pudiera esgrimir delante de la policía que le había agredido. “Si, si”, respondió jadeante. Saqué el móvil del bolsillo, lo desbloqueé y cuando iba a quitarme el guante de la mano derecha para marcar, el hombre echó a correr de nuevo. Más caguénsuputamadre, y similares. Más Pacific Blue. Forrest Gump, segunda parte.

La poli

Unos trescientos metros más allá volví a cogerle. Recuerdo que estábamos enfrente de un hotel y ya muy alejados del lugar del siniestro. Esta vez, le agarré por la pechera con una de mis manos mientras, con la otra, sujetaba la bicicleta. Quería asegurarme de que no se volviera a escapar, el…mamoncillo. Alguno de vosotros estará pensando que tuve demasiada paciencia y yo, que menos mal que la tuve porque, de repente, empezó a faltarle el aire y se llevó la mano al pecho. Sus piernas se doblaron y tuve que sujetarle para que no se cayera. Pensé: “¡No me jodas que te va a dar un infarto!”. Ahora me río, pero estaba acojonado.

A todo esto, y lo cuento exactamente como fue, una señora que paseaba un perro y una pareja de mediana edad que estaban por la zona, se me acercaron y empezaron a increparme, pensando que le estaba agrediendo al pobre hombre, que era menos corpulento que yo. De nada sirvieron mis explicaciones. Se me echaron encima y amenazaron con llamar a la policía. “Y al Samur, por favor, que estoy herido”, les dije. Me aparté del atropellado/desmayado para que le dieran los primeros auxilios.

Al poco, llegaron una patrulla de la Policía Municipal, camuflada, y una ambulancia del SAMUR. Para entonces, Forrest ya se había recuperado un poco del carrerón y del susto, y yo, ya tragaba saliva. Uno de los presentes, que dijo ser abogado, se dirigió a los policías para contarles su película y me identificaron. Mis intentos por explicar que yo era la víctima y el otro el culpable, fueron en vano. Estuvieron, todo hay que decirlo, un poco autoritarios conmigo. Tuve suerte de que cuando le preguntaron al otro, me pidiera perdón delante de los agentes y reconociera su culpa. “Me puse nervioso, lo siento, me asusté”, dijo, y le honra. Me pregunto que hubiera sido de mí si se muere entre mis brazos ante todos esos testigos. Y también por qué los agentes no solicitaron que se nos hiciera la prueba de alcoholemia a ninguno de los dos.

El médico y la mutua

Antes de ser atendido yo, insistí para que atendieran primero a él, pero se negó. “No podemos obligarle”, dijeron. Nada más entrar en la ambulancia, y mientras me desnudaba para la exploración, el médico, sin tener ni puñetera idea de lo que había sucedido, comenzó a darme la brasa con que si Madrid era muy peligroso para las bicicletas, que si con la lluvia tenía que haber venido en Metro…y en ese plan. Como es natural, me encontraba dolorido y después de los lamentables momentos que acababa de pasar, me salió por la boquita y por la mirada el activista a la enésima potencia que llevo dentro. Tardó cerocoma en entender mi cristalino mensaje y plegó velas al amanecer. Más poéticamente no puedo decirlo.

Me exploró muy bien e hizo el informe. Me dio el alta y me mandó para casa con analgésicos. Pedí por teléfono un taxi europeo, metí la bicicleta y me fui para casa. Aunque estaba dolorido, fue en el puñetero atasco para entrar a Las Tablas cuando empezó a dolerme la cabeza y, en especial, las cervicales. Me duché, lo comuniqué al trabajo y me fui a la muta laboral para que me exploraran. Me hicieron algunas pruebas y me dieron la baja de incapacidad temporal.

El seguro y el atestado

Desde el primer momento tuve claro que iba a denunciarle. Me sentía perjudicado tanto física como materialmente y su comportamiento había sido negligente. A pesar de que había reconocido su error y pedido perdón, si no le cojo, me habría dejado tirado como a un perro. Eso, duele. Acogiéndome a la cobertura de “reclamación de daños” comuniqué el siniestro a la compañía de seguros con la que tengo contratada la póliza de hogar de mi casa y se inició el proceso administrativo y el aporte de toda la documentación. Al día siguiente me dirigí a la Unidad de Atestados de Tráfico de la Policía Municipal, sita en la calle Plomo, 14., para formalizar la denuncia.

A la hora de declarar puse mucho hincapié en esos pequeños detalles que luego, en los juicios, sirven a los abogados de la parte contraria para desacreditar tu versión de los hechos. Y, no hay que olvidar que, en mi caso, no hubo testigos del accidente. Como soy de los que cumple la Ordenanza de Movilidad a rajatabla hice mención expresa a que mi bicicleta, que habían observado los policías el día anterior, la cumplía en todos sus extremos. Y, no sólo eso. Aunque no es obligatorio llevar ni el casco y el chaleco, lo consigné, para que redundara en mi beneficio ese plus de seguridad que aquel día llevaba.

declaracion

Para que veáis que todas estas cosas son importantes, y según pude comprobar en los documentos que se aportaron al juzgado, en el “parte de accidente de tráfico” que elaboraron los policías hacen referencia a que el peatón “reconoce que cruza por zona indebida”. Y si leéis con atención la declaración del atropellado, hace referencia a que el ciclista “iba correctamente vestido con su chaleco reflectante, casco y portaba luces delantera y trasera en la bicicleta”.  Si lo hacéis bien, que conste, que se agarran a un clavo ardiendo. Y no olvidéis que, la mayoría de las veces, los conflictos se producen con aseguradoras de vehículos y sus abogados se las saben todas.

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La demanda

A finales del mes de octubre recibí un escrito del juzgado de instrucción comunicándome que se sobreseía y archivaba el asunto por lo penal. Esto quiere decir que, en base al atestado sin muchos fundamentos y sin testigos facilitado por PM “de oficio”, sería muy difícil demostrar que habría cometido un delito de omisión del deber de socorro, penado con cárcel. Aquí me extrañan que no sirviera de nada su declaración en la que reconocía haber sido el causante y abandonado el lugar del atropello, incluso delante de los agentes. A partir de aquí, se abría la vía civil para reclamar por las lesiones y los daños materiales sufridos. Si no llegábamos a un acuerdo, habría juicio.

La compañía aseguradora me asignó un gabinete de abogados que gestionaron mi demanda, bajo la cobertura de la póliza. Como responsable civil, le pidieron unas cantidades que no voy a desvelar, pero que, en mi opinión, resarcían el daño causado. Su gabinete de abogados me ofreció una cantidad muy inferior a la solicitada y la rechacé. No sólo porque estaba convencido de mi inocencia y de su culpabilidad, sino porque me siento un activista ciclista y me parecía enriquecedor llevar hasta el final la experiencia. Como quiera que no sabía si me iba a ser rentable o no reparar mi bicicleta, la dejé aparcada durante meses y utilicé la de uno de mis hijos, de inferior categoría, para seguir yendo al trabajo. El casco, lo tiré.

El juicio

El día del “juicio”, ni el peatón ni el ciclista hablaron. Tan sólo declararon los peritos de ambas partes, exponiendo los resultados de sus respectivos informes periciales. El mío, justificó los daños. El suyo, alegó en su defensa, que si bien su cliente había cruzado indebidamente, yo circulaba por el carril bus-taxi y que la responsabilidad debía de ser compartida. De tan ignorante que era, se permitió decir que, él mismo había comprobado que, en esa calle, no había carril bici –están obsesionados con el color rojo- y que él, como ciclista que es, “nunca salía con lluvia”. Risas. Cuando le preguntó la jueza en que se basaba para decir que yo circulaba por ese carril y que “si estaba allí cuando sucedió el accidente”, el perito dijo que “era lo que le había dicho su cliente”. Más risas.

Uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos los ciclistas urbanos que somos víctimas de accidentes es que estamos en el mundo del coche, con sus normas, y, por lo tanto, desprotegidos. Además, por lo general, no resulta sencillo encontrar un juez “sensibilizado” con la realidad ciclista urbana y unos abogados o peritos que tengan un mínimo de conocimiento acerca de la normativa vigente en la materia y en los diferentes tipos de infraestructuras. Para minimizar esa desventaja, para que los abogados nos defiendan mejor en el futuro, fui yo el que aporté toda la documentación al respecto y os aconsejo que hagáis lo mismo en casos similares.

La sentencia…

…fue condenatoria para el peatón. No sólo tendrá que pagar lo que le reclamo, sino, además, los intereses y las costas procesales. De especial importancia me parece el hecho de que la jueza razonara que la “acción negligente” del peatón se veía agravada por cruzar “la vía de tres carriles, cuando era de noche, llovía y el asfalto estaba mojado” y que, estas circunstancias no redundaran, como pretendía el “perito ciclista”, en mi contra. Acabemos de una puñetera vez con estos prejuicios circulatorios contra el ciclista urbano madrileño.

Por último, y aquí que cada uno lo tome como quiera, la jueza razona que “el actor iba correctamente vestido con su chaleco reflectante, casco, luces delantera y trasera”.

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por@deteibols

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