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En Madrid, avanzamos irremediablemente hacia un modelo ciclista pastiche. Por mucho que se empeñen en paragonarlo a las sevillas (“A la altura de”, Corral dixit) o a las copenhagues de turno, no existe una uniformidad de acción que se aplique a toda la ciudad por igual, ni siquiera un criterio evolutivo firme. El modelo se autodefine por su propia indefinición. Lo dicho, un pastiche que vuelve a quedar en evidencia con motivo de los resultados de los últimos presupuestos participativos (Ver aquí  los resultados y aquí los comentarios de Enbicipormadrid)

Y sin embargo, paradójicamente, unas leves y discontinuas pinceladas, antes y con motivo de nuevo Plan Director Ciclista, han servido para consolidar una aguerrida Resistencia. Una bifurcación de la participación ciudadana encabezada bajo el epígrafe de Madrid CiclistaSegregar o no segregar: esa es la principal cuestión. Pero, no “sólo” eso. Querer bajar a los ciclistas a la calzada, máxima programática de la movilidad de Sabanés, choca, dogmáticamente, con permitirles, incluso alentarles, a circular por la acera, legal (acerabicistas) o ilegalmente (cicleatones).

Van pasando los meses y, poco a poco, se va perfilando, se “decide”, el modelo pastiche que se esparramará a lo largo del 2017. El nuevo Madrid ciclista, el del los ayuntamientos “del cambio” con el marchamo de Ahora Madrid, se dirige hacia una sucesión de arquetipos de integración/segregación ciclista que parece se van a superponer sin solución de continuidad en el tiempo y en el espacio. Vamos, como aquella película de frenéticos y desubicados turistas titulada “Si hoy es martes, esto es Bélgica” (Mel Stuart, 1969). Pues bien, si esto es O´Donnell, y es domingo, la acera bici es obligatoria.

Resulta desalentador. En vez de avanzar en base a un criterio firme, más o menos discutible, la anhelada expansión urbana de la bicicleta capitalina, se frena, se acelera o derrapa ahora por mor de la participación ciudadana, en función del distrito o la zona de la ciudad. Es cómo si Madrid se descentralizara en pequeñas poblaciones independientes que, en base a la acción de un concejalillopeaceandlove o de un determinado grupo de poder activista, se dan un homenaje de falsa autogestión que acabaremos sufriendo los madrileños de los “otros pueblos”. ¿Cuando empezaremos, de una puñetera vez, a desalambrar?

Tal es el quilombo, que Madrid desanexiona fuencarrales o barajas ciclistas, en base, no a criterios técnicos o ideológicos, sino a componendas posibilistas y populistas. Y me duele en el alma, conste, me conocéis, afirmarlo con tamaña crudeza. Si, al menos, fueran un sentir mayoritario, me la envainaría, pero, por no ir mas lejos, el “Carril bici de Conde de Casal al Retiro” ha sido apoyado, y se llevará a cabo por 245.000 euros, por la muy representativa participación de 297 votos. Doscientos noventa y siete participantes de los cuales no lo usarán para ir en bici al trabajo ni la mitad. Y eso, suponiendo que la mayoría de los votantes no sean hijos putativos del General Motors.

Se equivocan. La movilidad ciclista no es una acera de barrio o una fuente inmóvil. Los ciclistas urbanos nos transportamos por toda la ciudad, transversalmente, no por condados estancos. Las vías ciclistas, como la vía ciclista urbana por excelencia, la calzada, debe tener continuidad infinita. Acera bici, carril bici, senda ciclable o ciclocarril, lo que representan, ya no quedarán como el testimonio de una evolución social, técnica o política, sino como una caótica amalgama espacial. Algo así como un popurrí de vías ciclistas sin señas de identidad que puede conseguir el “milagro” de que la Ciudad Lineal ciclista se acabe pareciendo más a la idolatrada Sevilla que al experimental Fuencarral que tiene enfrente.

Participar en la construcción de la Movilidad de la ciudad no significa que cada vecino ponga el semáforo del tamaño y color que elija porque le haya salido un anuncio propagandístico chuli. O que se pinten los pasos de cebra de rosa flúor porque haya vecinos supercreativos. Participar, en mi modesta opinión, es decidir si queremos poner “el” semáforo, “el” paso de cebra o “el” ciclocarril que existe en el lugar dónde queremos. Y si no nos gusta el modelo existente, la magia de la participación es tener la posibilidad directa de cambiarlo,con una mayoría considerable, por otro más acorde a los tiempos o a unos criterios ideológicos. Así, si el modelo de vialidad de la acera-bici está descatalogado técnicamente, no habría que volver a ponerlo en circulación sin la cobertura de una aplastante mayoría. Y, por otra parte, si la nueva etapa estaba llamada a ser la Edad de Ciclocarril o del carril tipo Las Tablas, sea. Y que la perspectiva, los resultados y los ciudadanos, los juzguen, usando y votando. Y, por descontado, que quede claro que la participación institucionalizada no es patente de corso para anular las posibles reacciones, igual de participativas y ciudadanas, que no lo están ¡Faltaría más!

Termino. Cada uno de los alcaldes que ha habido en Madrid ha dejado su impronta ciclista urbana, casi siempre nefasta para la bicicleta cómo medio de transporte, salvo esas excepciones (BiciMAD/Ciclocarriles 30) que nos movilizaron como nunca. Manuela Carmena, la alcaldesa ciclista, como cabeza visible de un equipo con nombre y apellidos, puede pasar a la historia como aquella que hizo un poco de todo, combinando lo caduco con lo vanguardista, lo descatalogado con lo incatalogable, que es como hacer mucho de nada, como no tener personalidad. Y en Política, hay que morir con la personalidad por delante. Porque, morir sin ser uno mismo, es morir por nada.O peor, es amputar las utopías que quedaron pendientes para el futuro.

Pasar haciendo camino es algo que está al alcance de los que caminan con decisión, no de los que pasean. Y la Movilidad Sostenible es circular, pero no precisamente en círculos. Y mucho menos, en círculos concéntricos.

por @deteibols

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